Ha sido noticia hace poco que un grupo de nueve escuelas del suroeste de Inglaterra se disuelve tras años de denuncias por su régimen disciplinario. El caso reabre un debate que se da de vez en cuando en redes sociales. No es raro encontrar nostálgicos que comentan que lo que hace falta en la educación es mano dura, que antes todo funcionaba mejor y que deberíamos seguir el ejemplo de algunas escuelas, como la famosa Michaela School, de Inglaterra. Pero ¿es este tipo de disciplina lo que se necesita realmente en la escuela?.

En la noticia que mencionaba, se explica que las familias han denunciado las estrictas prácticas de disciplina que se aplican en varios centros de Inglaterra. Esto ha hecho que, por ejemplo, en un centro al que asisten unos 6.500 niños y niñas, en los últimos tres años, más de 500 hayan abandonado y estén siendo educados en casa. Estos centros defienden que sus medias en los test estandarizados han aumentado, pero a mí esto me preocupa.
No podemos olvidar que la escuela es una conquista social. Costó siglos que todos los niños y niñas, sin excepción, tuvieran un sitio en ella. Cualquier modelo educativo que mejore sus medias vaciando sus aulas y generando exclusión no defiende la democracia, la ataca. Estamos hablando de etapas obligatorias del sistema educativo. Es un derecho del menor poder ir a la escuela. Por no mencionar, que la calidad y equidad de un centro no se puede medir exclusivamente por la nota de una prueba estandarizada.
El interés en mantener la disciplina llevó a algunos docentes de estos centros a dar las clases de música en silencio. Y no es la primera escuela que ha llevado a cabo prácticas estrictas cuestionables en el Reino Unido. En junio hubo una denuncia a una escuela por enviar a un estudiante considerado disruptivo a una cabina de aislamiento durante más de medio año académico. Y aunque esto nos puede parecer excesivo y demasiado extremo (e incluso casos aislados), no podemos negar que los discursos que ensalzan la idea de la necesidad de “mano dura” en las escuelas parecen ser atractivos para parte de la sociedad y los medios. Cuando hace unos años la prensa española conoció la Michaela School y a su mediática directora (Katharine Birbalsihg) la historia se contó como el milagro de la educación clásica y el esfuerzo. Pero cuando profundizas un poco, la historia no es tan bonita como parece. En todas las noticias se destaca que los resultados académicos de Michaela son excelentes, pero también lo son los de muchas otras escuelas que no suscriben su filosofía. Es importante entender también el contexto político de esta escuela. La Michaela es una free school. Las free schools (free de libre, no de gratis), son un tipo de escuelas financiadas con fondos públicos pero que no están bajo el control directo de las autoridades educativas locales. Fueron impulsadas en 2010 y son gestionadas por grupos de familias, docentes, fundaciones o empresas. A diferencia de los centros públicos tradicionales, que deben seguir el currículo nacional, los horarios y contratar a profesores con titulación oficial, las free schools tienen total libertad para diseñar su propio plan de estudios, modificar el calendario escolar y contratar a profesionales expertos sin el título docente estatal. El periodista Warwick Mansell lleva tiempo documentando cómo esa autonomía de las free schools se usa, en ocasiones, para incumplir obligaciones legales básicas, como impartir tecnología. Y lo que es peor, como estos centros detraen recursos de escuelas públicas tradicionales que a menudo los necesitan más. Además, con frecuencia, las free schools acaban siendo elitistas y poco inclusivas.
En el caso de la mediática Michaela School su directora ha sido cuestionada en varias ocasiones. Parece haber creado una especie de alter ego (“la directora más estricta de UK”) a raíz de un documental sobre su escuela en Reino Unido. Entre otras cosas cuestionables, castiga a los niños y niñas cuyas familias no pueden pagar el comedor. Algunas noticias que cuentan el día a día de este centro con la intención realzar este modelo educativo a mí me resultan especialmente inquietantes. Como esta donde se narra que los niños y niñas en un aula no miran hacia el lado, ni siquiera hacia el visitante que entra al aula y abren todos el libro a la vez haciendo una cuenta hacia atrás.
A este respecto, algunos indican que lo que realmente hay detrás de esta idea de la “mano dura” es “un conservadurismo repetitivo rebautizado como pedagogía revolucionaria”. Es decir, detrás de esta supuesta revolución educativa no hay necesariamente una nueva forma de entender la enseñanza, sino una recuperación de viejas formas de autoridad basadas en el control y el castigo.
Como decía anteriormente, un centro que basa la autoridad en el castigo y del que se marchan los estudiantes que peor encajan, puede mejorar sus medias, sí, pero eso no significa que haya mejorado necesariamente la enseñanza de nadie, y sobre todo, no responde a la finalidad democrática de una educación que promueva la igualdad de oportunidades. Por eso la nostalgia funciona regular. A veces hay que recordar a los que añoran la escuela de los 80 en España que el abandono escolar temprano era muy elevado, rondando el 40%. En los años 90 la mitad de la población no llegaba al bachillerato.
Esto no quiere decir que el respeto y la autoridad del docente no sean necesarios. Por supuesto que lo son. Tampoco podemos negar que tenemos un reto muy importante con este tema. Hay centros donde encontramos profesores y profesoras agotados, aulas difíciles de gestionar y situaciones que desbordan al profesorado. Hay docentes que incluso terminan abandonando la profesión. Pero hay una diferencia fundamental entre autoridad y autoritarismo. La primera se construye día a día dentro del aula con recursos, apoyo, ratios que permitan trabajar en mejores condiciones y una relación de colaboración con las familias. También requiere que las administraciones educativas respalden a los docentes y les proporcionen herramientas para afrontar los conflictos, en lugar de dejarles solos ante ellos. El autoritarismo, en cambio, se sostiene mediante el castigo, la obediencia y, en ocasiones, expulsando o apartando a quienes no encajan. Además, presenta como “disciplina” un modelo elitista, que termina seleccionando al alumnado (bien porque no accede sabiendo que no “encaja” en el modelo o bien porque abandone). No deberíamos olvidar que el sistema educativo español parte de una base que deberíamos defender con uñas y dientes, y es que todos los niños y niñas tienen derecho a estar en la escuela.
El error de fondo, quizá, es aceptar que solo hay dos opciones: o la mano dura o un aula sin normas. Podemos y debemos discutir cómo mejorar la convivencia y solucionar los problemas que se están dando, tenemos que ver cómo reforzar la autoridad docente y cómo conseguir que los alumnos y alumnas aprendan en mejores condiciones, por supuesto. Los equipos directivos se encuentran solos. Hay situaciones realmente insostenibles y no podemos negar la realidad que hay en relación a los conflictos que se dan en las aulas. Pero la solución no puede consistir en imitar a estas escuelas inglesas, o en plantear modelos educativos que confunden el respeto con la obediencia ciega y la disciplina con el castigo. Esta mano dura que nos venden no responde a un modelo democrático que se sustente en la igualdad de oportunidades, no promoverá personas autónomas y críticas, y no atenderá a todos y todas. No caigamos en la trampa.